Por Flavio Mogetta
Para LA GACETA - BUENOS AIRES
Con la frase “Ser o no ser, esa es la cuestión”, comienza el soliloquio con el que Hamlet, el personaje de William Shakeaspeare, reflexiona sobre la existencia misma, sobre la vida y la posibilidad de buscar la muerte. Saber o no saber (Paidós), es el título del libro que linkeando con aquella frase escribieron la periodista y docente Silvia Bacher y el doctor en filosofía Tomás Balmaceda para abordar las problemáticas y soluciones que trae el uso de la inteligencia artificial en las aulas escolares, y al hacerlo también reflexionan sobre el sentido de la educación en estos tiempos vertiginosos. Por un lado, el soliloquio existencialista y por el otro, un libro escrito “a cuatro manos por dos autores que eligieron el intercambio, la conversación, el debate y muchos cafés compartidos para recorrer un camino acechado por incertidumbres, urgencias y, sobre todo, expectativas para aportar al debate público sobre las oportunidades que ofrece la educación en el siglo XXI”. La inteligencia artificial ya está entre nosotros, negarla no va a anular su existencia. El desafío que se presenta es como coexistir y trabajar con ella buscando esquivar al sistema algorítmico.
Una historia de los índices-Muchas veces los chicos sienten que los profesores rechazan la IA porque no la entienden o sienten que están ante un nuevo enemigo.
-Silvia Bacher: Más que como enemigo lo ven como riesgo en un primer momento, y diría yo que, con bastante razón. Ninguno de estos dispositivos fue pensado con un fin pedagógico. Entonces, el riesgo es cómo incorporar algo que hoy llega aceleradamente, sin ninguna mediación de la escuela. Aparecen los riesgos de “para qué”, “cómo”, “por qué”. Y a partir de ahí empiezan distintos procesos, porque no podemos pensar que todo el mundo educativo responde igual. Hay quien se cierra, aunque al final lo termine incorporando, aunque más no sea porque los estudiantes lo incorporan o, por el contrario, con toda la gama en el medio, quienes se animan a experimentar. Y en esa experimentación es donde empiezan a encontrar mecanismos en los cuales estas tecnologías pueden resultar útiles para su compromiso mayor, que es educar ciudadanos, formarlos con aspectos disciplinares y con muchos otros aspectos que tienen que ver con la ética.
-Tomás Balmaceda: La verdad es que, si vemos las distintas tecnologías y el aula en general, el primer movimiento suele ser de resistencia. Pero acá sucede algo diferente. Creo que es diferente a la aparición de la computadora o el celular. La IA aparece ya en dispositivos que tanto docentes como alumnos tienen. No hay que comprar algo nuevo, ya está presente. Y creo que por primera vez es un tipo de tecnología que parece competir con el rol del docente a un nivel muy profundo. Con las pantallas, el celular, Wikipedia, o Internet nos preguntábamos en qué sentido complementaban o facilitaban cierto proceso pedagógico. Acá parece que la promesa de la IA es que me puede enseñar.
-Los alumnos manifiestan adherir al uso de la IA porque sienten que los contenidos escolares no les sirven de mucho para sus futuras carreras.
-T.B: Desde la filosofía siempre decimos que no se puede entender a la sociedad sin entender la tecnología, ni entender a la tecnología sin entender la sociedad. La escena que planteas no la puedo describir de manera exhaustiva solo pensando en la tecnología. Tengo que pensar en el momento en que está esa alumna, el momento en el que está el docente hoy, en nuestro país, en la coyuntura en que se encuentran. Ahora nos damos cuenta de que esta tecnología justamente es de tal tipo que muchas veces tener experiencia o criterio es la clave para ser mejores usuarios de la IA.
-S.B.: En la escuela, nos parece, no se escucha al estudiantado. Tampoco al docente con sus problemáticas, dudas y preocupaciones. Sin esa escucha es imposible construir un espacio de aprendizaje. A partir de esa escucha tenemos que pensar cómo incorporamos esas inquietudes para recuperar la chispa, el interés.
-Muchas veces los docentes no se dan el espacio para tomar conocimientos de los alumnos, y estos muchas veces no admiten a un docente que no tenga respuestas a todas sus dudas.
-S.B.: Ahí hay una charla pendiente con el estudiantado porque el maestro no es Google, su autoridad ya no depende de saberlo todo, sino de enseñar a pensar. El maestro es una persona que tiene un compromiso con el desarrollo y el saber y que, igual que no sabe todo de su campo. ¿Cómo se construye la autoridad? ¿Sabiendo todo o construyendo un espacio en este tiempo nuevo donde los alumnos tienen muchísima información pero que a veces es confiable y muchas otras no? Hoy el saber está en saber mirar, en saber buscar, en saber corroborar la información que leemos que -como siempre decimos- está un clic de distancia.
-En esto de “saber o no saber” entiendo que es importante poner en conocimiento de los chicos que detrás de estás tecnologías hay grupos empresarios que tienen intereses políticos, económicos, ideológicos. Las Big Tech que se mencionan en el libro.
-T.B.: Al libro lo pensamos y escribimos el año pasado y es increíble cómo la primera Encíclica Papal va muy de la mano con lo que hicimos con Silvia. Nosotros, desde la filosofía, hablamos del mito de la neutralidad valorativa, que es la idea de que las herramientas tecnológicas no son ni buenas ni malas, sino que tiene que ver con cómo las usamos. Por el contrario, en el libro, como en la Encíclica y en otros espacios, vas a encontrar esa intuición que estamos tratando de romper, la idea de que efectivamente hay ideología detrás de estas plataformas. Estas herramientas reflejan lo que la sociedad está necesitando en este momento, los temores, los dolores, las angustias. Esta aversión que parece que todos le tenemos a la aflicción, al esfuerzo, a pensar, a detenernos, no es casual. Hay una especie de adormecimiento. Lo vemos en el aula, pero lo vemos en muchas otras instancias personales. Entonces, cuando uno empieza a pensar, por ejemplo, en las fake news, ¿qué es lo que siempre aparece? Lo emotivo, lo pasional, cómo efectivamente estos dispositivos terminan desinformando siempre con una intencionalidad detrás. Desarmar eso y encontrar la intencionalidad requiere una habilidad muy compleja que la escuela tiene que colaborar en crear.
La IA explicada por las neurociencias-Otro concepto interesante es la metáfora que utilizan con la figura de los piratas y el concepto del “botín pirata” asociado al conocimiento, al saber y a expandir el conocimiento logrado.
-S.B.: Trabajamos este concepto que vimos aplicado a otras cuestiones más generales y nos pareció pertinente para la educación. La escuela es un lugar de resistencia que no es perfecto, como no lo eran los piratas, pero que tuvo en otros momentos, como en la época del proceso cívico militar, la capacidad de resguardar determinados valores, determinadas literaturas. A pesar de los riesgos que afrontaba la sociedad, fue un espacio de construcción de valores democráticos, de empatía, de encuentro. Hoy la escuela sigue teniendo eso. Nosotros no estamos ni en contra de la inteligencia artificial generativa ni a favor. Estamos a favor de la escuela como lugar del encuentro, del pensamiento, de la creatividad, de la conservación de ese botín de valores que nos permitirá seguir construyendo desde lugares insospechados, tan pequeños o tan grandes como el aula.
-T.B: Los piratas enfrentaban a los imperios y a veces terminaban ganando. Las grandes empresas de Silicon Valley se asimilan a un imperio.
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PERFIL
Silvia Bacher es periodista, escritora, magíster en Comunicación y Cultura por la UBA y profesora en la Flacso. Trabaja en la intersección entre comunicación, educación y transformaciones culturales. Es representante de América Latina y el Caribe en la Unesco Global MIL Alliance. Es autora, entre otros, de los libros Tatuados por los medios, Navegar entre culturas y Diálogos sobre comunicación y juventud.
Tomás Balmaceda es licenciado y doctor en Filosofía por la UBA, especialista en Filosofía de la Inteligencia Artificial. Es cofundador de GIFT (Grupo de Inteligencia Artificial Filosofía y Tecnología), docente en la Universidad de San Andrés e investigador del Conicet. Es autor de libros como Volver a pensar. Filosofía para desobedientes y Cultura de la Influencia.